La solidaridad es la cura mientras que la justicia es la vacuna

La solidaridad es la cura mientras que la justicia es la vacuna

La crisis actual nos tomó por sorpresa. Sin embargo, todavía es nuestra responsabilidad de tomar acción. Deberíamos analizar la situación que condujo al brote de COVID-19 y actuar acorde. La realidad debe informar nuestros análisis e intervenciones. De lo contrario, continuaremos en el mismo círculo vicioso. Las ramificaciones de una crisis tan deteriorante e impredecible son masivas, tanto a corto plazo como a largo plazo. La crisis provocada por el nuevo coronavirus está cambiando el mundo tal y como lo conocemos. Tenemos la oportunidad de alterar lo que es «normal». Necesitamos participar activamente en la creación de un mundo posterior al COVID-19.

Nuestra respuesta a las crisis a menudo profundiza las injusticias existentes y amplía las brechas de oportunidades, especialmente cuando el supuesto remedio es apresurado y arbitrario. Es imperativo que busquemos las causas raíz y no simplemente contentarnos con resultados inmediatos. Las soluciones parciales contribuyen a posponer las crisis y no a resolverlas. Para cada intervención, debemos hacer la misma pregunta: “¿Qué pasa si esta crisis ocurre en el futuro? ¿Qué se requeriría para evitar respuestas vacilantes?”

El brote de COVID-19 ha revelado que la falta de solidaridad es la verdadera crisis. Ante la falta de solidaridad, el requisito más importante en estos tiempos, nos vemos obligados a enfrentar las consecuencias que afectan nuestros sistemas educativos. Un virus invisible indujo una evaluación de nuestros sistemas educativos y un interrogatorio honesto de sus valores. Suscitó preguntas en torno a nuestros currículos: ¿Cuál es el propósito de los conceptos teóricos y abstractos en nuestros currículos sobre cooperación, solidaridad, simbiosis y sinergia? Escupir respuestas perfectas en las pruebas en torno a dichos valores podría dar a los estudiantes una buena calificación. Sin embargo, lo que realmente se necesita ahora es la capacidad de poner en práctica estos valores en nuestra vida cotidiana. La solidaridad conduce a la justicia y solo la justicia garantiza los fundamentos de la solidaridad. ¿Cuáles son los desafíos que enfrentan los pueblos históricamente marginados que están listos para participar en el trabajo solidario a través de instituciones que no han sido justas? Estas no son simplemente preguntas filosóficas, sino más bien urgentes y concretas.

Las sociedades que se describen a sí mismas como «refinadas» y «desarrolladas» han sido expuestas rápidamente por ser solitarias. Sin la solidaridad en sus fundamentos, son como un cuerpo sin alma. Este momento requiere que cuestionemos a todos los responsables de la toma de decisiones sobre los sistemas educativos. De hecho, este fracaso global para garantizar la pertinencia de la educación a la vida diaria es muy preocupante.

Perdona mi honestidad. Este no es momento para comenzar a hablar sobre logros; no cuando todos los desafíos presentados y revelados por el virus continúan exacerbándose. Muchos de nosotros no estábamos preparados y carecíamos de planes integrales de emergencia. Necesitamos hacernos responsables. El primer acto responsable es que seamos científicos, concretos y directos. Esta crisis no es una oportunidad para mostrar logros imposibles de alcanzar en este contexto.

¿Qué necesitamos?

Necesitamos, más que nunca, convocar la sabiduría en nuestro discurso educativo. En el nivel micro, lo que más necesitan los estudiantes y los maestros es comprenderse a sí mismos y sus acciones y tener una percepción del peligro inminente. Lo que más necesitan es un impulso moral a través del apoyo emocional y social para que practiquen la autorreflexión para identificar sus fortalezas y debilidades.

A nivel institucional, las instituciones deben reflexionar sobre su situación si realmente quieren comprometerse a restablecer su equilibrio y recalibrar su ritmo de trabajo. Las respuestas institucionales deben ser probadas meticulosamente y guiadas por la sabiduría inherente a las estrategias que conectan el contenido educativo con la crisis actual. Necesitamos buscar herramientas y patrones educativos que faciliten la praxis mediante la cual los estudiantes puedan practicar lo que aprendieron. Lo que requiere este momento no es el fin de los planes de estudio, sino una consolidación de los esfuerzos y un enfoque en los conceptos que apoyan la construcción de conocimiento acumulativo a través del dinamismo de la teoría y la práctica. Este es el momento que requiere que los maestros y los estudiantes conecten todo lo que han enseñado y aprendido con su vida diaria. Por ejemplo, los profesores de idiomas podrían ayudar a los estudiantes a mejorar sus habilidades de escritura al escribir sobre sus sentimientos y experiencias. Con base en su realidad y perspectivas, los estudiantes aprenderán simultáneamente sobre sí mismos mientras practican estructuras y funciones de alfabetización. Ambos aspectos deben ser evaluados y apoyados. Para que estos enfoques se incorporen a la educación, ahora y en el futuro, debemos apoyar el desarrollo de capacidades de los docentes en todos los aspectos necesarios.

La solidaridad (o la falta de ella, que esta crisis reveló como la verdadera crisis) debe reforzarse no solo como un valor, sino también como una práctica, y no solo durante una crisis, sino también en la vida cotidiana. Esta crisis no deja ninguna duda de que es hora de detener la tendencia a limitar la enseñanza a la evaluación de los resultados del aprendizaje. Más bien, deberíamos reintroducir los sistemas de valores en la educación que se hicieron invisibles y los resultados sociales considerados indignos. Las metodologías carentes de aprendizaje explícito y la práctica de los sistemas de valores son evidentes en los libros de texto y las pedagogías. Los maestros están capacitados para enfocarse exclusivamente en habilidades académicas sin espacio para desempeñar un papel en la construcción y el fortalecimiento de los tejidos sociales y la promoción del cambio social. Confinados a marcos académicos abstractos, los maestros se desconectan de la construcción del conocimiento requerida como parte de su papel como agentes de cambio socioeconómico, cultural y político. El mundo está pagando un precio muy alto por eso ahora. Algunos maestros están lidiando con baja autoestima y un débil sentido de pertenencia en el mejor de los casos. Tal regresión no es sorprendente a la luz de lo que hemos presenciado. La educación cívica, por ejemplo, se volvió sospechosa e incluso fue cancelada o suplantada por el conocimiento abstracto separado de los valores explícitos. Algunos incluso invirtieron en el desarrollo de herramientas de evaluación, rúbricas y estándares académicos para esto con total desprecio por las conexiones con la vida social diaria en el terreno.   La solidaridad es esencial para una ciudadanía vibrante. Por lo tanto, es imprescindible revisar el papel de nuestros sistemas educativos en el apoyo y el fortalecimiento de la solidaridad, no solo como una idea, sino como un comportamiento diario y una acción sistemática, y no como una definición obtenida para tener una buena calificación en una prueba, sino como manifestaciones en las más pequeñas decisiones y comportamientos diarios. En realidad, nuestros sistemas educativos han promovido un estado de esquizofrenia al enterrar vivo el elemento más simple de una ciudadanía activa: la solidaridad.

Por otra parte, esta crisis expuso instantáneamente cuán débiles son las alianzas, tanto las alianzas entre gobiernos y la sociedad civil como las alianzas dentro de la propia sociedad civil. La desconfianza, la sospecha y la ambigüedad, además de principios vagos, son ejemplos perfectos. En teoría, estamos en alianza con los gobiernos, pero en la práctica, ¿dónde está la alianza? Los gobiernos aluden a la sociedad civil solo para evitar críticas y crear una imagen de compromiso (no de asociación), para comercializar los esfuerzos del gobierno, y complacer a la comunidad internacional. La alianza, como se ha revelado esta crisis, requiere que participemos en la (re)creación del significado para conceptos y palabras y que estemos totalmente comprometidos en el desarrollo de soluciones. Esto requiere confiar en nuestras habilidades en momentos históricos críticos. Los gobiernos rara vez, o nunca, tienen la capacidad de hacer frente a las crisis con la agilidad y el dinamismo que la sociedad civil tiene. La sociedad civil incluye todos los segmentos de la sociedad, desde movimientos sociales hasta sindicatos, clubes, etc., y son los únicos capaces de innovación y creatividad en las soluciones, herramientas y enfoques. Sin un sólido sistema de valores colectivos que honre la vida y se basa en la confianza, la solidaridad, y la responsabilidad mutua, las sociedades corren el riesgo de destrucción, violencia, y egoísmo.

Necesitamos invertir en restaurar y generar confianza en el poder de las personas. Las personas tienen la capacidad de imaginar, desarrollar herramientas, y generar soluciones creativas para nuestra situación. Los maestros están especialmente posicionados para hacer eso. Los maestros pueden guiarnos a través de esta crisis con sus habilidades innovadoras. Es hora de que aumentemos nuestras expectativas de los maestros y aceptemos lo que pueden ofrecer. Muchos maestros fueron más rápidos que los sistemas educativos al imaginar e implementar iniciativas para abordar la crisis.

Tenemos aún mucho para construir y avanzar. Podemos distraernos presumiendo sobre supuestos logros mientras la crisis empeora exponencialmente, o podemos reemplazar los currículos fragmentados poco profundos por otros que sean significativos y completos. En lugar de hablar sobre la importancia de la ciudadanía, debemos repensar su espíritu, valores y prácticas. No hay nada de malo en las crisis que revelan nuestras debilidades, siempre que estemos aprendiendo y creciendo a través de la contemplación, la autorreflexión y el análisis para reinventar un mundo más justo, humano y sostenible.

Finalmente, a menos que estemos completamente convencidos de que hay mucho por hacer, no nos liberaremos de la exageración teórica y las garantías vacías. Esta crisis no se trata de tener coraje, como algunos parecen creer, sino de voluntad, claridad, ciencia y profesionalismo. ¿Ya no es hora de que revisemos nuestras intenciones antes de volver a revisar nuestras herramientas?

Escrito por: Refaat Sabbah
Traducción del árabe hecha por: Yamila Hussein


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